Siempre se me ocurren buenos títulos para las necrologías. No me pregunten por que, simplemente es una cualidad personal -¿Cualidad?-, mi mente parece dispararse a la hora de pensar en una frase que resuma la esencia característica del difunto, su impacto a nivel social o su influencia en mí. Desde Que nadie hable, el silencio ha quedado mudo a Marcel Marceau pasando por La noticia eras tú -Kapuściński-, Tenemos pánico -Douglas Adams- hasta El último Samurai -Kurosawa-. Es un tipo de frase que me interesa, a veces hasta juego escribiendo los obituarios de gente fallecida hace siglos, o incluso algunos que siguen con vida; se me suelen ocurrir hasta las inscripciones de las lápidas. No importa que tan simple o estúpida suene la frase, solamente debe funcionar para homenajear al personaje y conectar con el primer o último párrafo (esto a elección de quien escriba) del artículo que encabeza.
Todo esto explica el porque del título del post: esencia característica del difunto, impacto a nivel social e influencia en mí. Mario Benedetti. No hace falta decir nada más, hablamos de un nombre que es un elogio en si mismo, uno de los autores mas importantes de la literatura uruguaya, pero, los mas importante: un hombre bueno.
Tuvimos una relación especial con Don Mario, diría que hasta rara. Nunca nos llamamos ni quedamos para vernos, jamás nos caímos demasiado bien. Yo lo considero un muy buen cuentista y critico literario pero él se empeñaba en hacerme creer que era un poeta, obligaa a leer sus versos; los cuales, de no ser porque ideológicamente tuvimos momentos muy cercanos, se me hubieran hecho insoportables. Y es que Benedetti no fue un buen poeta su obra es un agradable conjunto de obviedades, que si bien se hacen muy amenas, continuan su camino como si nada hubiera ocurrido-a excepción quizá de aquel bello Rincón de Haikus y algunos versos sueltos-. Lo irónico es que sería correcto denominar el año 2009 como la fecha de defunción de la poesía uruguaya, pero no por la muerte de este hombre bueno a quien hoy recordamos, si no por su enormemente admirada Idea Vilariño; una excelente autora cuya muerte, al igual que su obra, pasaron desapercibidas. Yo la conocí justamente por un libro de Benedetti, un magistral ensayo sobre la literatura uruguaya del siglo XX publicado por vez primera allá por el ‘63. Es un libro precioso en el que estudia los autores que le precedieron, sus contemporáneos de la generación dorada de la Banda Oriental y los que estaban comenzando a brotar -Galeano, por poner un ejemplo-.
No se confunda el lector con este pequeño zarpazo hacia la obra de este prlífico autor, soy un enamorado de Benedetti. Fueron sus versos los que permitieron que me atreviera a intentar hacer lo propio, descubrí la literatura uruguaya gracis a ese precioso ensayo que antes menciono. ¡Nunca hubiera leído a Onetti de no ser por él! Es ese cariño el que me lleva a separar su obra narrativa de los poemas que comento mas arriba. Porque los cuentos y novelas de Don Mario son imponentes, probablemente tenga mucho que ver -mas allá de sus cualidades literarias- con su vida política, la cual no comentaré aquí, obviamente, es de sobra conocida.. Pero la pregunta del millón -la cual haré aún a riesgo de entrar en el peligroso terreno de la pedantería y el snobismo- es: ¿Por qué todos han leído o escuchado algún poema de Benedetti pero poca gente conoce sus novelas, cuentos y ensayos? La respuesta es obvia: no es lo mismo leer un par de versos que una novela entera.
Por eso quiero proponerle algo a los lectores de este blog. Cuando vean un artículo sobre Benedetti, en lugar de colgar unos versos o una poesía, dejen una cita de un cuento o un párrafo de una novela, así como encienden la llama de la curiosidad con un pequeño poema, haganlo con alguna frase de un ensayo, después de todo, es a Benedetti a quien agradecemos por el fuego.
“Falleció”, dijo la voz del tío. La palabra es un asco. Falleció significa un trámite: “Una mala noticia, señor”, había dicho el tío. ¿Él qué sabe? ¿Qué sabe cómo una mala noticia puede destruir el futuro y el rostro y el tacto y el sueño? ¿Qué sabe, eh? Lo único que sabe es decir: “Falleció”, algo tan insoportablemente fácil como eso. Seguramente se estaba encogiendo de hombros. Y eso también era un asco. (…) Cuando estuve en casa solo en mi cuarto, cuando hasta la pobre Blanca me retiró el consuelo de su silencio, moví los labios para decir: “Murió. Avellaneda murió”, porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo.
La Tregua
























